martes, 16 de marzo de 2021

Un cuento "El gusano y el escarabajo"

 


Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban
charlando horas y horas. El escarabajo estaba consciente de que su
amigo era muy limitado en movilidad, tenía una visibilidad muy
restringida y era muy tranquilo comparado con los de su especie. El
gusano estaba muy consciente de que su amigo venía de otro ambiente,
comía cosas que le parecían desagradables y era muy acelerado para su
estándar de vida, tenía una imagen grotesca y hablaba con mucha
rapidez.
Un día, la compañera del escarabajo le cuestionó la amistad hacia el
gusano. ¿Cómo era posible que caminara tanto para ir al encuentro del
gusano? A lo que él respondió que el gusano estaba limitado en sus
movimientos. ¿Por qué seguía siendo amigo de un insecto que no le
regresaba los saludos efusivos que el escarabajo hacía desde lejos?
Esto era entendido por él, ya que sabía de su limitada visión, muchas
veces ni siquiera sabía que alguien lo saludaba y cuando se daba
cuenta, no distinguía si se trataba de él para contestar el saludo,
sin embargo calló para no discutir. Fueron muchas las respuestas que
en el escarabajo buscaron para cuestionar la amistad con el gusano,
que al final, éste decidió poner a prueba la amistad alejándose un
tiempo para esperar que el gusano lo buscara.

Pasó el tiempo y la noticia llegó: el gusano estaba muriendo, pues su
organismo lo traicionaba por tanto esfuerzo, cada día emprendía el
camino para llegar hasta su amigo y la noche lo obligaba a retornar
hasta su lugar de origen. El escarabajo decidió ir a ver sin preguntar
a su compañera qué opinaba.

En el camino varios insectos le contaron las peripecias del gusano por
saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron de cómo se exponía
día a día para ir a dónde él se encontraba, pasando cerca del nido de
los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así
sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando
pasar a mejor vida. Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que la
vida te da, le dijo cuánto le alegraba que se encontrara bien. Sonrió
por última vez y se despidió de su amigo sabiendo que nada malo le
había pasado.

El escarabajo avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad
en otros oídos que no eran los suyos, había perdido muchas horas de
regocijo que las pláticas con su amigo le proporcionaban. Al final
entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan
distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería no
tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le ofreció su
amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día: La amistad está en ti
y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el
gozo del amigo. También entendió que el tiempo no delimita las
amistades, tampoco las razas o las limitantes propias ni las ajenas.
Lo que más le impactó fue que el tiempo y la distancia no destruyen
una amistad, son las dudas y nuestros temores los que más nos afectan.
Y cuando pierdes un amigo una parte de ti se va con él. Las frases,
los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas en el
capullo de la confianza se van con él.

El escarabajo murió después de un tiempo. Nunca se le escuchó quejarse
de quien mal le aconsejó, pues fue decisión propia el poner en manos
extrañas su amistad, solo para verla escurrirse como agua entre los
dedos.

Si tienes un amigo no pongas en tela de duda lo que es, pues sembrando
dudas cosecharás temores. No te fijes demasiado en cómo habla, cuánto
tiene, qué come o qué hace, pues estarás poniendo en una vasija rota
tu confianza. Reconoce la riqueza de quien es diferente de ti y está
dispuesto a compartir sus ideales y temores, pues esto alimenta el
espíritu de supervivencia más que un buen platillo.

La esencia del gusano y el escarabajo se volvió una en el plano que se
encuentra más allá de este mundo, volviendo al regocijo que en esta
vida habían encontrado. Este es el final de mi historia, pues siendo
TÚ mi amigo no te puedo exponer a una tristeza que no quisiera para
mí. No sé si tú seas el gusano o yo el escarabajo, pero seguro que
somos distintos y en planos ajenos nos movemos. Yo, como gusano, te
seguiré buscando día a día, y como escarabajo, no me fijaré en
limitaciones. Como gusano, omitiré lo grotesco que me puedas parecer.
Como escarabajo, haré uso de mis habilidades para servirte.

lunes, 8 de marzo de 2021

PRIMER PREMIO CONCURSO RELATOS "HISTORIAS DE MUJER": "NO ES TARDE"


    Son las siete de la tarde de un veinticuatro de junio y ya hace bastante calor, mientras los jóvenes se preparan para disfrutar de las hogueras yo me encuentro sentada en el asiento del coche haciendo un repaso mental de lo que ha sido mi vida.

    Fui la hija mayor de un matrimonio sencillo, a la que le tocó renunciar a la posibilidad de estudiar para cuidar de sus hermanos pequeños, mientras que sus padres faenaban en el campo.

    Me casé con un hombre sencillo criado en el mundo rural y al que habían educado en los cánones tradicionales, que en realidad no era muy diferente a los míos, pues siempre tuve la convicción de que debía servirlo, cuidarlo y obedecerlo hasta que la muerte nos separara.

    Por suerte, esos años me regalaron tres hijos maravillosos a pesar de una convivencia conyugal nefasta. Convivencia que culminó con una enfermedad terminal que acabó agotando mi alma y mi cuerpo.

    Pero como cuenta la leyenda, al igual que le pasaba al ave Fénix, resurgí, y resurgí porque la vida me lo debía a mí y por ende, a mis hijos.

    Luché, ¡sabe Dios que luché!. Me encargué de mis padres hasta el final, limpié casas, muchas casas, trabajé en el campo, en la fábrica y allí donde pudiera echar horas para ganar un jornal.

    A mis hijos nunca les faltó de nada. Si bien es verdad que no les pude dar grandes lujos, si les di lo mejor que una madre les puede dar en esta vida: independencia. Una independencia que ganaron a base de sacrificio, estudio y constancia a pesar de las dificultades.

    Hoy miro al espejo retrovisor y veo a mi hija sonriéndome porque soy yo la que estoy al volante con mi carnet estrenado hace apenas unos meses. Supongo que quien me vea, a mi edad pensará: ¿Quién lo iba a decir? ¡La Rosi conduciendo!.

    Cojo mi bolso, me retoco y salimos hacia el auditorio. En el momento en el que el director del instituto, desde el escenario, pronuncia mi nombre y me invita a subir, sólo puedo sonreír y dejar escapar alguna lágrima atrasada.

    Subo a recoger mi título de Graduada en Educación Secundaria Obligatoria y en ese momento, mientras suenan los aplausos, miro a mis hijos que me observan orgullosos siendo por primera vez consciente de que: “el ayer ya pasó, y que hoy es el primer día de la mujer que todavía quiero y puedo llegar a ser”.

AUTORA: ELENA MARÍA GIL ABENZA.


 









SEGUNDO PREMIO CONCURSO DE RELATOS "HISTORIAS DE MUJER": “AZUCENAS BLANCAS”

 

    El año antes de su llegada explotó el polvorín en Archena. Era 1964 y las mujeres no entraban solas a los bares. Mi madre sí. Le gustaba el café con leche condensada, como a mí. Entraba al bar Viruta con su echarpe lila, o el verde, y el Paco le preparaba su primer café del día.

    Al médico, al teatro, al cine. En el autobús a Murcia iba mi madre, con un bolso relleno de periódicos para que no se notara su vacío. Unos caramelos rojos que vendían en el Barrio del Carmen nos traía mi madre. En el tren a ver a su hermana a Elche, en La Serranica a Torrevieja a ver a su amiga, con un bañador de faja para bañarse en la playa. Recuerdo el cine con ella y mis hermanos, a los que sentaba, bien pequeños, a su alrededor para que los hombres no la acosaran. Una mujer sola. En bici los domingos a tomar el sol. Una mujer sola no se entendía. Una mujer sola era una interrogación. Era una amenaza al orden.

    Su independencia y su falta de sumisión se utilizaban contra mi padre. Un calzonazos. No la sabe controlar. Mi padre no reaccionaba a la provocación. La veía salir ajustándose el echarpe, y sonreía. La libertad y la independencia de mi madre no eran amenazas para él.

    Lo que se reiría mi madre si estuviera hoy aquí y la llamara feminista. Si le dijera que su valentía y su fortaleza eran parte de una lucha viejísima por la igualdad, por la libertad.

    Lo que se reiría mi padre si estuviera hoy aquí y le dijera que fue un perfecto aliado del feminismo.

    Sin saberlo mis padres me dieron el mejor ejemplo de una lucha feminista en colaboración: Mi padre no temía la libertad de mi madre. Mi madre no pedía permiso para tenerla.

Deborah
AUTORA: JOSEFINA LÓPEZ GÁLVEZ








TERCER PREMIO CONCURSO DE RELATOS "HISTORIAS DE MUJER": "LA PRIMAVERA DE PEPITA"


    Se puso su traje de cheviot que se compró en los 80 para las ocasiones, peinó sus canas y se pintó los labios con calma.

    Sacó de una cajita unos pendientes y un collar de perlas pequeñas, cogió su bolso y se fue a la calle… y respiró.

    El invierno estaba acabando y la primavera prometía ser cálida. Se sentó en la terraza de un bar, al sol y saboreó muy despacio aquel café que le supo a gloria.

    Aquel muchacho moreno de ojos grandes que le prometió el cielo un día, y que después apagaba sus cigarros en las plantas de su balcón que ella cuidaba con tanto mimo, aquel que siempre le ponía un pero a todo, que la llamaba fea, tonta, inútil… y fanfarroneaba en la barra del bar de su hombría, aquel que nunca dijo gracias, que escupía desprecio, que cuando metía la llave en la cerradura abría la puerta del infierno, aquel que gritaba y daba golpes en la mesa, que a Pepita ya no, porque sus hijos lo podían ver.

    Aquel del chantaje más cruel, ¡Si me dejas nunca volverás a verlos, porque estás loca y te voy a encerrar en un manicomio, porque antes te mato y los mato, para que te jodas!

    Aquel, un día, tal vez por su propio veneno, por su propia ira o su mala sangre, sufrió un ictus, y aquel monstruo se convirtió en un pelele, en un guiñapo, ¡lo que es la vida!. A penas si podía balbucear, casi no tenía movilidad. Esas manos ya no harían más daño, esa voz jamás la volvería a insultar, ni a amenazar, ya no daba miedo. Y Pepita le cuidó día y noche en el hospital y luego en casa.

    Su hijo Manuel, el mayor, le dijo un día: “Mamá, he hablado con mis hermanos y creemos que lo mejor es que ingresemos a papá en una residencia, tú no estás para esto, ya has hecho bastante y has padecido bastante... Así lo hicieron.

    Y Pepita recordó cómo le gustaba el mar. Buscó el teléfono de un hotel en un pueblo donde había ido de niña algún domingo con sus padres y sus hermanos, reservó una habitación con vistas a la playa, y de pronto le volvió el brillo a sus ojos y se vio sonriendo, sonriendo de verdad y se sintió liviana, ágil y alegre. Hizo la maleta con ilusión de adolescente.

    Se instaló en la habitación del hotel, colocó su ropa en el armario, peinó sus canas y se pintó los labios con calma, sacó de una caja unos pendientes y un collar de perlas pequeñas y se fue a la calle… y respiró.

    El invierno estaba acabando y la primavera prometía ser cálida.

    AUTORA: MARÍA HERNÁNDEZ







TERCER PREMIO CONCURSO DE RELATOS "HISTORIAS DE MUJER": "RELATOS DE MI ABUELA ISABELICA LA HIGUERA”

 

Mi abuela Isabel es la hija mayor de una familia de 7 hermanos. Ella siempre ha cuidado de ellos, pero una de las historias que suele contar es que con tan solo 9 años se encargaba de vestirlos y asearlos y además, llevaba a su hermano Jesús, como si fuese un muñeco, a que su madre, que trabajaba en la fábrica de Gómez, cuando era encargado Antonio “el chispe” y Aroca, le diese pecho dos veces al día. Todo el mundo la admiraba por el cuidado que siempre tenía con cada uno de ellos. Ella se encargaba de ir a lavar a la acequia a casa de su tía Lucía “la pegota”. Un día haciendo la colada se le escapó la ropa por toda la acequia abajo con todo lo de su hermano pequeño y no llegó a poderla coger; con todo su sentimiento, puesto que no era una familia pudiente, se tuvo que ir a casa sin nada de lo que había llevado y desconsolada, contárselo a su madre.

Con tan solo 50 años su padre murió. Siempre ha contado que fue de repente; comenzó a sentirse mal y lo llevaron al hospital; una mañana, mientras que su madre hacía el mercado, llamaron a casa de una vecina diciendo que su padre se había “trastornado”, todos corriendo bajaron al hospital, pero no pudieron despedirse, había fallecido. Su hermano Jesús lloraba porque no había podido ver a su padre y esperaba cada día el beso que le daba, así que, tanto era su desconsuelo, que Don Emilio Candel fue a llevarle unas monas ya que se habían quedado sin haberes y le dijo a su hermano:” hijo te doy un beso y piensa que ha sido tu padre”.

A los siete meses de morirse su padre se casó con mi abuelo Pascual Campoy; fue una mañana a las siete, iba de luto, no tenían para tomarse nada, ni para poderse hacer una foto. Se fueron a vivir a casa de la “abuela Carmen” y se casó a “espeje” de cuando mi abuelo ganaba el jornal. Ella iba todos los días a llevarle la comida donde estuviese trabajando. Cuenta que mi abuelo trabajaba en todo lo que le salía para poder sacar 5 duros y en temporada de Navidad hacía matanzas. En 1969 empezaron en la plaza de abastos, los dos codo con codo, trabajaban día y noche para sacar a su familia adelante con ayuda de la tía Carmen de Santos “el ligero”. Así ha sido siempre su vida, dedicada a su familia y al trabajo, pasando por penurias, y con mucho sacrificio y trabajo hoy siguen manteniendo sus raíces en la plaza de abastos.

Atentamente su nieta.

AUTORA: ISABEL GÓMEZ ALCOLEA











TERCER PREMIO CONCURSO DE RELATOS "HISTORIAS DE MUJER": "MADRE SOLO HAY UNA"


Carlos mira entusiasmado a su madre, cómo prepara el desayuno y la comida. Cómo se encarga de las lavadoras, de fregar los platos, cambia las sabanas, limpia el polvo, lo acompaña y ayuda en sus deberes.

Carlos cree que su madre tiene superpoderes, que actúa como un robot programado, pero él reconoce el rostro de su madre, que muestra cansancio, que apenas sonríe. Y él desea pasar tiempo con ella, desea que ella le haga alguna mueca y le diga alguna de sus frases graciosas.

Carlos se levanta de su escritorio y deja a medias sus tareas de lengua, para subir a la terraza y coger la ropa y dejar las pinzas en su cesta, enseguida Gabriela se da cuenta y sube ayudar a su hijo a bajar el canasto lleno de ropa, y besa con suma conciencia la frente de su hijo.

Al bajar juntos las escaleras, Carlos vacía la ropa en el sofá, y dobla por primera vez a sus seis años las prendas de la familia, ella admirada y orgullosa lo mira con una sonrisa que le ilumina todo el rostro. Después de comer ambos recogen la mesa. Ella entra a la habitación y comienza su labor. Su hijo está viendo una película, pero al rato. – ¿Mamá, que haces? - Estoy planchando. – Mamá siempre estás haciendo cosas, voy ayudarte. - No hijo, que te puedes quemar. –Sabes mamá voy encender el ordenador, - ¿Para qué? ¿No estabas viendo la tele? – Sí, pero me apetece escribir, ¿Qué vas escribir? – Un relato, como tú hacías antes. Porque si tú has ganado premios será que lo que escribes debe ser leído, y las personas que lo leen les gusta. Mamá yo quiero ganar mucho dinero para meterlo en tu cuenta, viajar a los lugares que soñamos juntos. Gabriela lo deja todo listo en su día libre.

Al atardecer Miguel llega a casa. Se ducha, se arregla y se va a sus clases nocturnas de educación secundaria obligatoria. Carlos ayudará a su padre hacer la cena el sábado y el domingo. En ocasiones el padre hace la compra semanal. Mi madre siempre me dice que estudie, que sea constante, pero ante todo que sea feliz, aún no la entiendo.

Carlos ya es un hombre, y reflexiona sobre su educación y crianza… Supongo que tenía razón, siempre me pregunte por que nunca se opuso a que fuera a danza, tampoco entendí porqué nunca siguió estudiando, si siempre fue una mujer inteligente, sabiendo resolver problemas, haciendo deliciosas comidas, como me enseñó a leer y como era tan hábil y a su vez tan fuerte para cuidarme a mí y a toda la familia. Mi tío me confesó que mi madre mantenía la economía familiar cuando sus padres se separaron, que fue un gran pilar económico y moral. Ahora comprendo qué somos nosotros sin las mujeres, que una abuela es imprescindible, que siempre me hará falta mi madre, que supo conciliar su trabajo con las demás obligaciones. Que toda carga necesita ayuda, que no esperemos a que nos la pidan, si no que la prestemos sin esperar nada a cambio. Que todos somos iguales ante los ojos de Dios, pero que el mundo tiene numerosos prismas con indefinidas aristas, que no todo es rosa, ni azul.

Que todos merecemos igualdad de oportunidades. Por eso gritemos vivan las abuelas, las madres, las hermanas, las tías, las amigas y ¡VIVAN LAS MUJERES!

AUTORA: SILVIA GARCÍA ABAD.






TERCER PREMIO CONCURSO DE RELATOS "HISTORIAS DE MUJER: "LO MÁS SENCILLO DE LA VIDA"


HOLA, soy una mujer de 51 años…

Es la 1ª vez que me decido a escribir algo público y real, desde que vi este cartel, había algo dentro de mí que me impulsaba a expresar un trocito de mi vivencia en pareja, durante estos días tan complicados que nos ha tocado vivir.

Ya hace casi un año que comenzó esta terrible pandemia, la cual a todos nos ha afectado en mayor o menor grado, a mí en concreto me afecto más por el tema del trabajo, ya que fuimos a un Erte casi 3 meses, mi marido y yo, mi hijo también tuvo que cerrar su negocio por un tiempo, pues vaya, aquí estábamos los tres en casa.
¡Qué sensación tan peculiar!, después de 29 años de casada casi nunca por no decir nunca, habíamos pasado tanto tiempo los tres juntos en casa, por diferentes motivos de la vida (distintos horarios de trabajo y estudios), así que comenzaba una aventura nueva para nosotros, que se sabe cómo empieza pero no cómo terminara, porque entre todo el día juntos, malas noticias todos los días, que no se podía salir, no se podía estar con tus familiares ni amigos, el trabajo en hostelería tan castigado (nosotros trabajamos en Hosteleria), bueno todo un panorama que apuntaba malamente.

Pero bueno, fueron pasando los días y comenzamos otras rutinas nuevas :desayunar juntos, comer juntos, cenar juntos, teníamos diversas tertulias y hasta haciendo un poco de deporte, COMPARTIENDO tareas domésticas, no había discriminación de hombres o mujer, todos IGUALES, no me lo podía creer, estaba más feliz que nunca en medio de esta guerra de virus, con demasiados contagios y fallecimientos cada día, (por desgracia), pero ahí estábamos disfrutando de nosotros mismos, no hacía falta nada más, y aunque en TV aparecían noticias de que había incrementado el asunto de violencia de género y con más divorcios, por pasar tanto tiempo juntos, en mi caso ha sido una experiencia positiva que me ha ayudado a conocerme un poco más y mejor, ¡y que esto haya sucedido por un virus!, creo que es muy triste, por eso me ha hecho pensar, que hay que frenar de vez en cuando, y pensar que es lo que necesitamos de la vida, porque a lo mejor lo tenemos más cerca de lo que creemos, en mi caso solo tengo cosas positivas que decir y agradecer a la vida, que me ha dado una lección para apreciar mejor las cosas del día a día, las más sencillas de hacer y que se suelen pasar por alto, porque, una va casi siempre como un robot, como programada y no se ve más allá de nuestras narices, ¡qué pena!

Y yo lo que quiero transmitir, es que no esperemos a que pase algo malo, para darnos cuenta lo felices que nos pueden hacer las cosas más sencillas y poder disfrutarlas en buena armonía con nuestros hijos y pareja.

Esta es mi sencilla historia que he querido contar y compartir y si estas palabras le pueden ayudar a reflexionar un poquito a alguien, me doy más que contenta.

Sin nada más que contar, me despido, espero que se cuiden y manos a la obra!, que aún queda tarea por hacer.
UN SALUDO Y BESOS PARA TODOS

AUTORA: MARÍA DEL PILAR GIL LÓPEZ.